J.A. Ruiz Vivo
Madre
Qué
hermoso fue vivir
Mientras
vivías…
Hace unos
minutos que me he vuelto a encontrar con Pablo Neruda. Con su rostro de hombre
recio. Con sus versos de amor, vida y muerte. Andaba recién salido de otros
versos los de Gabriela Mistral. “Creo en mi corazón/ el que yo exprimo/
para teñir los hilos de la vida”. Estaba inmerso en ese bellísimo cuadro, Maternidad, de Pablo Picasso. Son, qué
quieres que te diga, algunas de aquellas soledades de Lope que no tienes más
remedio que visitar cuando la vida va y te traquetea porque de vez en cuando la
vida, con permiso de Serrat, no nos besa en la boca precisamente, ni nos regala
sueños escurridizos ni afina con el
pincel. De vez en cuando la vida nos gasta una mala broma. Y luego nos
despertamos sin saber qué pasa.
Voy de mi
corazón a mis asuntos. Me acuerdo ahora de Miguel Hernández que iba de su
corazón a sus asuntos cuando se le murió aquel amigo que tanto quería. Figúrate
a mí, que se me ha muerto mi madre y tengo que volver a mis asuntos porque, a
pesar de todo, la vida sigue. Y ahora sólo podré recordarla que no deja de ser una
de las formas más tristes de quererla. Intentaré, eso sí, mantener vivos en mí
sus besos, sus caricias, sus consejos, sus ejemplos, sus sonrisas. Y procuraré
vivirlos con la fe que me dejó en herencia.
Por eso, ya
te digo. Me vas a hacer un favor. Acércate hoy a tu madre y dale un beso. Hazlo
por mí que ya no puedo. Se me ha roto el cordón umbilical y ya no puedo. Y
ahora me duelen, vaya que si me duelen, todos los besos que pude darle y no le
dí. Hazlo por mí, ya te digo. Porque, ya lo dice la canción, como una madre no
hay ná. Porque qué hermoso ha sido
vivir mientras ella vivía. Tu madre, tu amiga, tu consejera. La que nunca te
falla. La que siempre está (estaba) ahí. Qué te voy a contar yo de mi Finica. Hazlo por mí, no te hagas de rogar. Dale un beso a la tuya.
Que yo ya no puedo.
Fíjate que para
traerme al mundo ya tuvo que sufrir lo suyo. Siempre me contó que fue un parto
complicado. Tanto que si no llega a ser por don Bernardo, aquel legendario
médico de Abarán (no confundir con Cosme y Damián) nos quedamos ambos en el
intento. Apostó por mí, por mis hermanos, por su marido, por los suyos. Puso
por delante siempre a su familia. Mi madre era el epicentro de mi vida. Y yo
siempre sin saberlo. El tantas veces ausente ha tenido que saborear su ausencia
para que aflore lo que era evidente.
Mi madre
supo llevar con entereza y dignidad el sufrimiento que le acompañó durante su
vida. Desde la temprana pérdida de su padre hasta la muerte de su hijo Nicolás
María en plena juventud y cuando estaba a punto de cantar misa. Desde aquella
fatídica rotura de cadera que la encadenó a una silla y a una cama hasta el
desenlace inesperado de su muerte. Una de las peores experiencias que puede
vivir un ser humano es ver a tu madre
agonizar amarrada a una mascarilla. Ver cómo se le escapa la vida y tú no
puedes hacer nada. Sólo rezar. La lengua tengo en corazón bañada, que diría
Miguel.
Así que
estoy de duelo.”No hay cosa que mas despierte que vivir sobre la muerte”. Entre
los centenares de llamadas y testimonios de estos días hay muchos amigos que
han pasado por este trance y que me aconsejan que me lo tome con calma. Que la
cosa va para rato. Uno me dice que hace veintitantos años que le falta y aún no
lo ha superado. Otro, que se me ha ido lo más grande de mi casa. Y yo a todos
comprendo. Dios mío, el amor de madre. Qué grande es. Y qué estúpidos somos
algunos que valoramos las cosas fundamentales de nuestra vida cuando ya no
podemos hacer nada para recuperarlas. Por eso, hazme caso. En cuanto veas a tu
madre, ahora que puedes, dale un beso. Hazlo por mí que ya no puedo. Y me
desgarro por dentro de no poder hacerlo.
Coda. Una
situación como ésta tiene su mejor cara en la solidaridad humana. Mi
agradecimiento infinito a mi familia y a todos cuantos nos habéis acompañado en
este difícil trance. La amistad, lo decía Plutarco, es un animal de compañía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario